No me gusta enseñar para el examen, prefiero enseñar para que el alumno aprenda. Al final de cada unidad didáctica pongo una prueba escrita por cumplir; el alumno que pone interés, atiende y trabaja siguiendo mis instrucciones no tiene problemas para aprobar y sacar una buena nota.
En general, el contacto directo con el alumno durante el desarrollo de un tema me lleva a su calificación, variando poco de la que después obtiene en la prueba de evaluación. Muchas veces, durante las semanas anteriores al examen, paseando por la clase mientras damos la lección les digo: tú vas a sacar un ocho, tú un seis, tú un nueve... El alumno se queda sorprendido cuando, después de darle su examen corregido, la nota obtenida varía poco de la que le predije.
En cuanto a las cuestiones que planteáis, soy muy justo y estricto corrigiendo las pruebas escritas. Empleo tiempo en corregirlas, no miro el resultado final sino que valoro todo el proceso que ha llevado el alumno para solucionar el ejercicio propuesto.
No me gustan las pruebas que contienen preguntas que requieren un desarrollo largo que el alumno ha aprendido de memoria, sin entender. Se nota cuando se corrigen; si al alumno se le olvida una palabra, se atasca y no puede seguir desarrollando la cuestión o escribe ideas sin sentido. He conocido compañeros que utilizan este tipo de pruebas, son más cómodas de preparar. Cuando corrigen vienen riéndose de un examen porque el alumno ha incluido, en la exposición escrita de memoria y sin entender, un error que el profesor considera digno de ser incluido en la Antología del disparate. Coleccionan estos errores, pero ¿los corrigen?
Para ser justo corrigiendo me gusta:
· Preguntar sobre cuestiones que he enseñado.
· Proponer ítems que requieran razonamiento más que memoria.
· Corregir todas las pruebas, una detrás de otra hasta terminar con ellas. Me gusta hacerlo cuanto antes mejor.
· Valorar todo el desarrollo del ejercicio y no el resultado final. Hacer anotaciones que pueden ayudar al alumno a enmendar sus errores.
Evaluar para enseñar no es lo mismo que enseñar para evaluar.
En general, el contacto directo con el alumno durante el desarrollo de un tema me lleva a su calificación, variando poco de la que después obtiene en la prueba de evaluación. Muchas veces, durante las semanas anteriores al examen, paseando por la clase mientras damos la lección les digo: tú vas a sacar un ocho, tú un seis, tú un nueve... El alumno se queda sorprendido cuando, después de darle su examen corregido, la nota obtenida varía poco de la que le predije.
En cuanto a las cuestiones que planteáis, soy muy justo y estricto corrigiendo las pruebas escritas. Empleo tiempo en corregirlas, no miro el resultado final sino que valoro todo el proceso que ha llevado el alumno para solucionar el ejercicio propuesto.
No me gustan las pruebas que contienen preguntas que requieren un desarrollo largo que el alumno ha aprendido de memoria, sin entender. Se nota cuando se corrigen; si al alumno se le olvida una palabra, se atasca y no puede seguir desarrollando la cuestión o escribe ideas sin sentido. He conocido compañeros que utilizan este tipo de pruebas, son más cómodas de preparar. Cuando corrigen vienen riéndose de un examen porque el alumno ha incluido, en la exposición escrita de memoria y sin entender, un error que el profesor considera digno de ser incluido en la Antología del disparate. Coleccionan estos errores, pero ¿los corrigen?
Para ser justo corrigiendo me gusta:
· Preguntar sobre cuestiones que he enseñado.
· Proponer ítems que requieran razonamiento más que memoria.
· Corregir todas las pruebas, una detrás de otra hasta terminar con ellas. Me gusta hacerlo cuanto antes mejor.
· Valorar todo el desarrollo del ejercicio y no el resultado final. Hacer anotaciones que pueden ayudar al alumno a enmendar sus errores.
Evaluar para enseñar no es lo mismo que enseñar para evaluar.
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